Huevos de enero (fragmento), de El camelloYordan Radichkov
Huevos de enero (fragmento), de El camello

"Ya en los primeros días del mes, el pueblecito descubrió una extraña anomalía en el tiempo. Unos cuantos subieron a la meseta para llevar alimento a las perdices —desde hacía años, en cuanto llegaban las ventiscas y se acumulaba la nieve, los cazadores alimentaban a los animales salvajes—. Salieron el martes y regresaron al pueblo el lunes, contando que las alas de las perdices se habían congelado y que el ave solo podía avanzar a pie por la nieve.
Ese mismo día, casi todos nos llevamos una sorpresa al descubrir que, si querías ir a casa de un vecino y salías el martes, llegabas allí con un día de retraso: el lunes. El descubrimiento provocó una conmoción extraordinaria en el pueblo. Durante varios días estuvimos literalmente desconcertados, porque nadie lograba comprender cómo era posible salir hoy y llegar ayer.
A primera vista, semejante absurdo podría provocar una leve sonrisa en alguien. Pero imagina que estás sentado a la mesa y que, después del desayuno, tienes que cambiarte a otra silla; mientras te desplazas a la silla de al lado, ya es ayer. Al principio, aquella sensación era especialmente desconcertante. La gente quedó sumida en una extraña inmovilidad y, cuando miraba por la ventana, tenía la impresión de que el pueblo se encontraba en un estado de absoluta quietud. Los senderos abiertos en la nieve azulaban inmóviles por las calles desiertas, carámbanos de hielo colgaban de los aleros, no salía humo de ninguna chimenea: no había nadie que echara ni siquiera un leño al fuego. Todos permanecían inmóviles, esperando a que volviera a ser hoy.
Tres lobos atacaron un rebaño. El rebaño se puso en movimiento, empezó a correr en círculos y, ante nuestros ojos, aquel círculo se convirtió en ayer. Los tres lobos también corrían en círculo, solo que en dirección contraria a la del rebaño, y aquellos dos círculos giraban en sentidos opuestos sin llegar a tocarse. Los lobos no podían pasar de su martes al lunes del rebaño.
Era como si alguien hubiera levantado entre las fieras y las ovejas una pared fina e invisible; como si el propio tiempo alzara ante los tres lobos su barrera inexorable. Y aunque seguían siendo feroces, describieron una espiral desconcertada y se retiraron hacia el bosque.
Aquellos dos círculos concéntricos que giraron ante los ojos del pueblo introdujeron una especie de misterio, y puedo decir que hasta el día siguiente —miércoles— todos permanecieron inmóviles junto a las ventanas, contemplando el cielo vidrioso.
Los supersticiosos intentaban convencer a sus familiares de que el martes era un día vacío: que el martes, hicieras lo que hicieras, nada te saldría bien; al contrario, retrocederías un paso, y a veces muchos pasos, siempre hacia atrás, como el cangrejo.
Los supersticiosos fueron los primeros en salir el miércoles y comenzaron a abrir senderos en la nieve de sus patios, pero abandonaron el trabajo en cuanto comprendieron que habían vuelto al martes.
El asombro, naturalmente, era grande para todos, no solo para los supersticiosos. Hasta el más pequeño movimiento nos hacía retroceder. Era como si algo se hubiera roto o destruido en el tiempo; el pueblo parecía haber quedado atrapado en el interior de un gigantesco reloj, donde algunos muelles o ruedas giraban al revés, saltándose un engranaje fundamental del enorme mecanismo.
Nuestra única salvación para no retroceder era permanecer inmóviles, porque cada paso que dábamos en el tiempo trastornaba sus mecanismos y hacía que nos devolviera hacia atrás.
Los intentos de llegar a los pueblos vecinos resultaron infructuosos. Llegábamos hasta un día determinado y ya no podíamos seguir retrocediendo, porque unas montañas de hielo nos cerraban el paso. Pensamos que aquellas eran las viejas montañas, las de los años que ya habían pasado, y que el tiempo no nos permitía entrar en ellas; no teníamos nada que hacer en aquellas montañas congeladas, sino que debíamos avanzar y vagar únicamente por enero.
Había comenzado el año bisiesto de 1968 y, en algún lugar, algo se estaba hundiendo y desapareciendo.
Si querías estar al día con el tiempo, tenías que permanecer en un estado de absoluta quietud. Cualquier intento de movimiento te hacía retroceder.
Empecé a notar que mis pensamientos se escabullían de puntillas y se iban hacia los pensamientos del día anterior. ¿Acaso tendría que dejar incluso de pensar? Era imposible. Pero cada intento de concebir un pensamiento nuevo hacía surgir de las profundidades un pensamiento de ayer."



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