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Cuento de infancia (fragmento) "Seryoga obedientemente entró en la isba. Las mujeres chillaban a coro, cada una con su voz. Y Katia tomó a mamá del brazo y la condujo desde el patio hasta casa. Yo corrí detrás de ellas, como aturdido. Me impresionó aquel rostro de mi madre, que nunca había visto antes, semejante al rostro ciego y misterioso de Luconia. Después de aquel suceso tardé mucho en recobrarme: no salía a la calle, sino que me quedaba sentado sobre la estufa, en silencio. Mamá permaneció inconsciente durante todo un día y, cuando se levantó, volvió a afanarse por la casa como de costumbre: iba al pozo por agua, raspaba y fregaba el suelo, lavaba la ropa y la golpeaba con la paleta en el río, junto al agujero abierto en el hielo. Su rostro seguía siendo claro y fresco, como el de una muchacha. Con la misma diligencia atendía a la abuela; como jugando, ponía la mesa y la recogía, cernía la harina en las artesas, llevaba la vaca a abrevar y la ordeñaba en el establo. Cuando enterraron a Agafia, acompañó el cortejo junto con Katia y la abuela, y regresó del cementerio tranquila, sin tristeza en el rostro. Y a mí me dolía y me ofendía que durante aquellos días pareciera haberse olvidado de mí: ni una sola vez me llamó ni me acarició. Intentaba acercarme a ella, pero era como si no me viera. La abuela la miraba con inquietud y cuchicheaba con Katia. Y yo permanecía sentado sobre la estufa, hojeaba el Tsvetnik manuscrito o el Salterio, murmuraba las palabras que había leído, y estas se agitaban ante mis ojos, incomprensibles, como un delirio de pesadilla. Por la noche me despertaba sobresaltado. Y mi pobre cabecita infantil sufría por culpa de aquella insistente algarabía: «de los que pecan, la comunión es inmundicia...», «del áspid y del basilisco...». En aquellos años de mi infancia empecé a experimentar por primera vez un dolor insoportable que no procedía solamente de los golpes. La vida se abrió ante mí como una cadena de injusticias, y yo sufría por el agravio y el miedo. Quería gritarle a la gente: «¿Pero qué demonios estáis haciendo, tontos?». Pero solo me encogía de dolor, pequeño e impotente. Ya en aquellos primeros años sabía que el fuerte atormenta al débil, que el sano no tiene piedad del enfermo, que el rico Mitri Sídorovich dispone a su antojo de los pobres, mientras estos, obedientes y humillados, se quitan el gorro ante él. Nos engañaba a nosotros, los muchachos, cuando construía una gran despensa de piedra: nos atraía con su voz melosa y, prometiéndonos golosinas de su tienda, nos obligaba a pasarnos días enteros amasando barro con los pies. Yo fui el primero en abandonar el trabajo: tenía los pies heridos hasta hacerme sangrar. A todos nos dio un gobio seco, que entonces costaba dos kopeks. Yo tenía miedo de la bondad y de la voz cariñosa del barbudo tío Larivón, y me escondía de mi padre. ¿Por qué nunca me había mostrado afecto, por qué no me había dicho ni una sola palabra amable, por qué nunca me había sentado en sus rodillas? ¿Por qué el abuelo no hacía más que gritarme amenazadoramente, asustándome constantemente con el látigo, las riendas y la cincha de cuero, y me obligaba, sin motivo alguno, a inclinarme ante sus botas de fieltro? Veía que en el pueblo había personas buenas y luminosas, pero esas personas me resultaban todavía más incomprensibles. No las querían y las trataban con hostilidad o con desprecio. Ahí estaba el ciego Luconia, que todos los días iba de una isba a otra, allí donde los niños deliraban con la viruela, donde yacían mujeres golpeadas o moribundas. Y aquello no era para él un acto heroico ni una práctica de salvación del alma, sino una necesidad del corazón. Tampoco permanecía ocioso en su propia casa. Su anciana madre lo adoraba, y él la protegía del trabajo y lo hacía todo por sí mismo: iba por agua con el yugo sobre los hombros, ordeñaba la vaca, cernía la harina, mientras su madre solo se ocupaba de la estufa. Y aun así encontraba tiempo para acercarse a uno u otro extremo del pueblo, a un lado o al otro, para alegrarse a su manera con una alegría que a todos les parecía la extravagancia de un santo loco. Le gustaban mucho las reuniones de las muchachas durante el invierno, y en primavera, las rondas de baile; cantaba con las jóvenes con una voz aguda, casi infantil. En la casa de oración siempre se situaba delante, junto al atril, y cantaba con su vocecilla de tenor durante todo el oficio; incluso recitaba de memoria salmos enteros o el Evangelio. Ningún oficio fúnebre se celebraba sin su voz «angelical». Ahí estaban Volodímirych y Egorushka. ¿Dónde estarán ahora? ¿Volveré a verlos alguna vez? Ahí está la abuela Natalia. ¿Por qué hacen daño a estas buenas personas tanto los suyos como los extraños?... Y ahora, al hojear el libro de mi vida, me siento turbado y me pregunto si es necesario contar aquellos días tan lejanos, si es necesario describir aquellas malditas torturas por las que pasó mi infancia y, después, mi juventud: porque todo eso ya pasó y quedó cubierto de hierba; desapareció para siempre, sin posibilidad de retorno. Pero la voz interior de la conciencia y del deber me dice insistentemente: tengo la obligación de contarlo, debo mostrar aquellos senderos tortuosos y dolorosos por los que tuvieron que abrirse paso las gentes de mi generación y que tuvieron que superar para salir de aquella oscuridad infernal al camino libre del presente. Hay que contar aquellos días terribles también porque todavía no han sido completamente extirpados ni quemados los vestigios de aquel pasado cruel." epdlp.com |