Treinta y tres monstruos (fragmento)Lidia Zinovieva-Annibal
Treinta y tres monstruos (fragmento)

"Cada fibra de tu cuerpo siente que esta marcha no tiene fin. ¡Qué desagradable, qué absurda, qué desesperadamente late tu corazón: tac, tac, tac! Y por todas partes la sangre sigue agitándose en una furiosa confusión… Hoy estarás quieta, detenida, sin avidez, eterna, eterna sobre el lienzo. La sangre ya no arderá ni resplandecerá, ni contará los instantes, los instantes… Quedará un solo instante. Un instante se separará de los demás y se volverá enteramente inmóvil, pleno, suyo, eterno.
Esto es el arte.
En treinta y tres pares de ojos atentos, que ven, te reflejarás en treinta y tres instantes eternos, firmes, plenos, de belleza…
Entonces Vera se levantó de un salto y estuvo caminando largo rato en silencio por la habitación, con pasos que de pronto se habían vuelto firmes y rítmicos, trágicos; casi aterradora y nada risible en su larga camisa transparente.
Después se detuvo junto a la ventana y, dirigiéndose hacia allí, hacia donde la calle se hundía en la profundidad, dijo:
—¡Esto, esto es grande! Esto, esto es bastante grande como para creer en la felicidad, para que incluso yo, yo, yo crea y olvide que todo cambia.
Que envejezca: será eterna treinta y tres veces, en treinta y tres eternos instantes de juventud. Esto, esto es bastante grande como para que, en todo el mundo, en todos los tiempos, valga la pena que todos los seres humanos vivan.
Por supuesto, nunca antes Vera se había fundido así con su máscara, hasta el punto de que cada palabra resultaba convincente, como en el escenario.
Y yo creí.
Por eso, naturalmente, me sometí doblemente cuando Vera, ya hacia las once de la mañana (yo llevaba vistiéndome desde las ocho), excitada hasta la completa ferocidad, irrumpió en la habitación, me agarró de los hombros, me apartó del espejo, me echó encima una larga túnica, me envolvió con ella, empujándome como si amasara masa de centeno, y después me condujo escaleras abajo. Me metió en un coche y se puso en marcha.
Y me llevó hasta ellos, hasta los treinta y tres pintores. A su estudio.
Allí no tuve tiempo de mirar nada y no sé cuántos eran en realidad.
Alguien me conducía. Vera me empujaba. Alguien me quitó la túnica, luego el chal, desabrochó los broches de mis hombros…
¿A ellos —yo? El corazón se me desgarró hacia atrás.
No recuerdo más de tres minutos.
De cabeza al abismo… El quitón cayó. Se me enredó entre las piernas cuando me lancé. Brotaron las lágrimas. Por un instante tuve la cara mojada. Alguien me la secó.
Yo estaba de pie, en alto. A ratos tenía frío, a ratos me abrasaba el fuego.
Pero cuando me abrasaba, de pronto vi mi cuerpo. Y vi que era pálido y mate (no rosado, como suele ser el de las rubias, sino mate, con una capa de un rosa de té muy pálido), que se enrojecía, es decir, que se volvía rosado de una manera vergonzosa y fea.
Entonces la ira y el orgullo me encadenaron de pronto por entero. Me estiré y, al instante, mis miembros se llenaron de vida, se volvieron firmes y plenos; el corazón latía acompasadamente, en mis labios apenas apareció una sonrisa ligeramente orgullosa, y mis ojos grises resplandecieron con la victoria."



El Poder de la Palabra
epdlp.com