|
El río muerto (fragmento) "El carro empezó a bambolearse de nuevo y el eje sin pintar volvió a entonar su lamento: «criu-criu flq...», la misma cantinela que venía repitiendo desde aquella mañana en que su dueño se olvidó —o no tuvo tiempo— de echarle la capa de alquitrán. Aquel llanto arrastrado, como el mugido quejumbroso de la vaca que Vita había dejado escapar de la mano, y la fina lluvia de la llanura de Myzeqe, que no esperó a que la caravana alcanzara el pequeño Kili. La cabeza, rendida al sueño y a las ensoñaciones, se inclinaba ora hacia un lado, ora hacia el otro con el traqueteo. La densa cortina de lluvia, que poco a poco se acercaba a los carros que avanzaban abriéndose paso por el centro de la llanura desierta, había cubierto, como con un fleco de canas, todo lo que la caravana había dejado atrás aquella mañana: Tomor, Shpirag, San Nicolás, Fier. Los ojos de la muchacha, después de cruzarse un instante con la mirada lánguida y empapada del animal que venía detrás, se llenaron de pronto de lágrimas. Las gotas de agua sobre la superficie de un charco golpeado por la lluvia parecían pequeñas barcas que hubieran izado las velas para emprender viaje, igual que las lágrimas de la muchacha, que habían comenzado a deslizarse por sus mejillas. Aferrada con fuerza a los palos del carro, con la cabeza apoyada en el costado de la cubierta de lona que protegía los enseres y caía hasta abajo, la mirada hundida en aquella enorme nube de lluvia, ni siquiera Vita podía comprender qué era lo que le provocaba toda aquella turbación y tristeza: ¿la huida del pueblo donde había nacido y crecido?, ¿la agonía y los dolores de su madre?, ¿o algún nuevo impulso que hasta aquel día no había sentido más allá de los límites de su aldea, entre las cercas de su choza? ¿Y quién puede comprender alguna vez de dónde brotan los arroyos que llenan el río y hacen que brame fuera de su cauce y de su camino?" epdlp.com |