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Los murciélagos (fragmento) "Roger había juzgado cínica la actitud de su padre y de los de su generación que la compartían. Clotilde, que no entendía nada de aquella discusión, atrapada entre el miedo al dueño de la casa y la admiración por su hijo, víctima de un vocabulario violento en el que aparecían palabras desconocidas como neocapitalismo, infraestructura y superestructura, había intentado hacer entrar en razón a su marido recordándole que él tenía más experiencia que su hijo. Roger había replicado que hacía mucho tiempo que los viejos habían ocupado los puestos importantes. Los hechos demostrarían que ellos sabían resolver mejor los problemas que sus mayores. Los fósiles coloniales impedían que el pueblo tuviera su parte del pastel y constituían una barrera para los jóvenes. Al decir esto, Roger había salido dando un portazo y no había vuelto a casa hasta muy tarde. [...] La pobre Clotilde no podía convertirse en la verdadera razón del resentimiento de su hijo hacia Bilanga. Lo sabía. Unas semanas antes, Roger había encontrado a su padre en casa de su pequeña prima Arlette Manda, una joven de la industria que no había podido continuar sus estudios porque sus padres, unos campesinos demasiado pobres, ya no podían seguir pagando sus estudios. Le habían pedido ayuda a Roger. Roger había presentado a la muchacha a sus padres y no ocultaba sus intenciones respecto a Arlette. Bilanga había descubierto a la joven en casa de su hijo, en un momento en que supuestamente tenía unos asuntos urgentes que resolver en la oficina. Había aprovechado para averiguar dónde vivía Arlette y le había hecho avances a la joven, primero con timidez y después, tras algunos días de resistencia y no sin cierto desprecio. [...] Bilanga nunca había conseguido hacer entrar en razón a su hijo sobre el daño que le estaba causando su conducta. Bilanga había intentado explicarle a su hijo que era por su bien por lo que estaba tratando con aquella joven y que ella llevaba una vida que hacía sospechar. Para conocer a los hombres y a las mujeres de Eborezel, había dicho a Roger, había que saber lo que hacían por la noche. Bilanga había hecho de su experiencia en estos seres humanos una especie de dogma, repitiendo una frase célebre de un periodista: la mayoría de los hombres y mujeres de Eborezel se comportaban como murciélagos. No vivían más que después del anochecer. Una joven sola del barrio Missos podía ser una trampa tendida a los chicos como Roger." epdlp.com |