El jesuita (fragmento)Karl Spindler
El jesuita (fragmento)

"La campana de la iglesia tañó. Inés tuvo que ocuparse del reparto del té. Esta tarea, como todos los días, se llevó a cabo. Mientras el Consultor y el Rector tomaban la frugal cena con el padre Luis y Xaver, Inés llevó también sus provisiones de comida a los pobres prisioneros.
James y Justine ocupaban dos habitaciones separadas en el almacén. El hijo del alcalde, guardián del joven inglés, llevó la comida al aposento de su prisionero. El guardián de Justine permitía gustosamente que la amable Inés visitara a la afligida señora.
Justine estaba sentada junto a la reja de la abertura de la ventana y contemplaba el juego de luces de algunas luciérnagas que pendían de los esbeltos tallos de las plantas. Se sobresaltó un poco cuando los dedos de Inés tocaron su hombro; pero al sobresalto siguió la expresión de alegría. Se apresuró a atraer hacia sí a la querida muchacha, se negó a probar los alimentos y la aromática bebida, y mediante gestos hizo comprender a la joven nativa que quería dirigirle una petición.
Después señaló la estera de la esquina, el gran espacio vacío a su alrededor, e intentó hacer comprender a Inés que no se atrevía a quedarse sola y que le agradaría que la servicial muchacha quisiera pasar la noche con ella.
Inés comprendió enseguida a Justine y se mostró igualmente dispuesta a satisfacer su deseo. Se hizo salir al guardián con la lámpara; la puerta volvió a quedar cerrada desde fuera con los cerrojos de madera; un profundo silencio y una profunda oscuridad volvieron a apoderarse del edificio.
También en el exterior todo quedó completamente silencioso. Tres toques de campana dieron la orden de apagar las luces por todas partes, y la calle de la aldea solo volvió a cobrar vida en el instante en que el párroco, acompañado de varios criados indígenas provistos de antorchas de resina, condujo a sus huéspedes de Córdoba y Asunción hasta sus barcos, donde deseaban pasar la noche."



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