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La familia Mashber (fragmento) "Además de aquellos justos que se refugiaban en los rincones, en la ciudad aparecieron, como setas después de la lluvia, toda clase de adivinas y hechiceras, judías y no judías; de algún lugar llegaron en tropel multitud de ancianos ucranianos, de los de antes, centenarios, salidos de sus cabales, desdentados, con los labios balbucientes y siempre mascullando algo; aparecieron tártaros silenciosos que curaban de todas las enfermedades haciendo rodar un huevo, mediante sahumerios, con raíces; obligaban a mirar la cera derretida, daban a beber agua de un vaso en el que durante varios días habían estado en remojo ciertos amuletos con palabras tártaras. Surgió también una gran demanda de adivinas, a las que alimentaban bastante bien una baraja de cartas ajada y un par de velas, siempre preparadas en una estrecha habitación con las contraventanas cerradas. En cuanto llegaba un cliente, se encendían las velas, sobre la mesa aparecía un libro de oraciones, así como un librito gastado titulado «La sabiduría de la mano», en cuya cubierta estaba dibujada una palma con todas sus líneas y arrugas, y cada una de aquellas líneas significaba algo: una vida larga, un destino feliz o desdichado, un viaje lejano, una enfermedad, la muerte; todo lo que al hombre le está destinado… Llegaron a la ciudad muchos otros buscadores de ganancias fáciles: taumaturgos, «revisores» de mezuzot, cabalistas mugrientos que no se quitaban los abrigos de piel ni las medias de lana ni siquiera en verano y sacaban sus remedios medicinales y sus pócimas conjuradas de debajo de sus sucias axilas… Sin embargo, empezaron a aparecer también en la ciudad justos que habían llegado de lejos, famosos, distinguidos tanto por su origen como por sus obras; hombres a cuya casa suelen acudir por sí mismos sus adeptos… Pero ahora, cuando la mayoría de la gente vive en la necesidad, los justos decidieron ir ellos mismos al encuentro de sus admiradores, contando con que, aunque la cantidad que cada uno recibiera fuese insignificante en sí misma, serían muchos los que dieran, y que «dinero llama a dinero»… Llegaron personas de tierras y países lejanos, unos emisarios extraños, llegados de lugares extraños: de Jerusalén y Safed, de Turquía y Yemen, de Persia, Argelia y Marruecos… Unos llevaban en la cabeza complicados turbantes blancos, otros gorros de piel de oveja; todos, largos caftanes de faldones que llegaban hasta el suelo, con largos y rizados tirabuzones que les caían casi hasta la cintura; algunos, la cabeza afeitada y bigote. Todos hablaban una especie de hebreo antiguo deformado, parecido al arameo, que provocaba en los habitantes de la ciudad una sensación mezclada de temor y respeto. No llegaron solos, sino con mujeres. Nadie sabía si eran sus esposas o simplemente compañeras de mendicidad. Aquellas mujeres, con chales turcos y multitud de faldas y blusas, unas puestas encima de otras, carnosas, tostadas por el sol y tersas, de grandes pechos y papadas dobles, se lavaban las manos a cada momento y ayudaban a sus compañeros y socios a contar historias maravillosas sobre los lugares de donde habían llegado… Estas mujeres hablaban en la lengua común de los judíos, intercalando en su habla palabras de las oraciones de duelo, y contaban siempre la misma historia: en Jerusalén habían descubierto hacía poco una cueva; cuando entraron en ella, observaron un largo túnel, y en el fondo algo brillaba. Al acercarse al lugar de donde salía la luz, vieron a un anciano, canoso como la luna, sentado ante una mesa sobre un libro. Lo reconocieron inmediatamente: era el profeta Elías. Prueba de ello: a su lado yacía un cuerno, en el que tocaría cuando apareciera el Mesías, para anunciar al mundo entero aquel acontecimiento y convocar a todos los judíos a la Tierra Prometida. Cuando preguntaron al anciano cuándo debían esperar al Mesías, respondió brevemente: el Mesías vendrá cuando llegue al mundo el «sábado», es decir, el séptimo milenio desde la creación del mundo. Según las narradoras, ya no quedaba mucho que esperar; ya había llegado la víspera de aquel sábado, el sexto milenio. Si merecemos del Señor Dios el perdón que Él nos enviará como recompensa por la misericordia que hemos mostrado y por las limosnas que damos con mano generosa, oiremos la llamada del shofar del profeta Elías, que espera de un día para otro la llegada del Salvador, que ha de venir pronto, en nuestros días. Amén. Estas historias pasaban de boca en boca y pronto fueron conocidas en toda la ciudad, después de lo cual a las mujeres de los chales turcos y a sus maridos les resultó muy fácil ir de casa en casa, donde ante ellos se abrían de buen grado las puertas y les llevaban limosnas, pues eran emisarios del mismísimo Mesías. Nota del Traductor. Sahumerios. La traducción, vertida indirectamente desde el ruso, no desde el yiddish original, usa el vocablo окуриванием, de окуривать: tratar a alguien o algo con humo, normalmente quemando alguna sustancia y reflejando el tono estrafalario de los remedios empleados. Mezuzot. Es el plural hebreo de mezuzá, pequeños rollos de pergamino con determinados pasajes bíblicos. HYidis (ייִדיש, yidish): es una lengua germánica que se desarrolló entre las comunidades judías de Europa central y oriental. Su vocabulario procede sobre todo del alemán, pero incorpora muchísimo hebreo y arameo, además de elementos eslavos y de otras lenguas. Lengua original del texto, en el marco de la Literatura Yiddish de Europa del Este, a la que pertenecen clásicos como Mendele Moykher-Sforim ((1835/36–1917), Sholem Aleichem (1859–1916) o Yitskhok Leybush Peretz (1852–1915), además del propio Kahanovich." epdlp.com |