Rannvá (fragmento)Dagmar Joensen-Næs
Rannvá (fragmento)

"Gurin (que era la madre) acompañó a su hija hacia abajo, hasta la playa. Rara vez se habría visto una doncella más hermosa. Era hermosa y bien formada; sus ojos azules brillaban alegres y puros, y su cabello resplandecía como el oro. La madre pensaba que era demasiado joven para recogerse el cabello en un moño, y por eso le colgaban dos gruesas trenzas por los hombros.
Allí en la casa había dos muchachas jóvenes, primas de Rannvá. Se habían puesto a arreglarse para el baile. Ahora invitaron a Rannvá a ir con ellas. Su padre dio su consentimiento y le pidió que se comportara bien.
Cuando llegó a la casa donde se celebraba el baile, quedó casi aturdida por todo el ruido. No estaba acostumbrada a tanta gente ni a semejante alboroto. Se sentía una extraña. Sus pensamientos volaron de vuelta a Skúvoy. Prefería recorrer los campos y las montañas, porque allí se sentía en casa.
Mientras estaba de pie contemplando el baile, se sobresaltó al oír una lengua extranjera justo detrás de ella: «¡Buenas tardes, pequeña doncella!». Vio a aquel apuesto hombre con un abrigo rojo y botones de oro. El padre de Rannvá se había referido a él como comandante de Skansin.
[...]
Un mes después del parto llegó el barco de la policía procedente de Tórshavn. El alguacil desembarcó. Subió pesadamente hasta la casa. Todos sabían lo que quería. Nadie le impidió entrar. Lo habían estado esperando. Sabían lo que traía consigo. En aquel tiempo solo había una condena para algo así: ¡la pena de muerte!
Poco después salieron de nuevo. Llevaban entre ellos a aquella hermosa joven. Cuando habían avanzado un poco por el patio, se oyó un grito desgarrador. Salió Gurin. Parecía estar fuera de sí. Agarró a su hija por el brazo y se aferró a ella. Entonces llegó Tórur, el padre de Rannvá, caminando tranquilamente; separó a la madre de la hija, tomó a la pobre mujer en sus brazos y la llevó dentro."



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