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Migraciones (fragmento) "Los cantores, que habían sido enviados a la cabeza del regimiento, enmudecieron. Detrás de los perros de caza de los oficiales, que cabalgaban delante del regimiento echando humo de sus pipas, había corrido una multitud de perros campesinos que, después de perder el rastro del camino de regreso, avanzaban con el rabo entre las piernas y la lengua fuera, entre las piernas de los soldados. El regimiento entero olía a sebo desde lejos. Al cabo de unos días, el cerebro se le había embotado por completo, bajo el esfuerzo de la marcha incesante, llevado como por un torrente cada vez más lejos, sin saber adónde iba. Por eso, sin mirar a su alrededor, alzaba de vez en cuando los ojos hacia lo alto, como si se estuviera alejando de la tierra. Lo invadía el miedo a lo extranjero y a algo completamente insensato. Deteniéndose en medio de aldeas desconocidas, apretujándose para atravesar puentes extraños, pasando la noche una y otra vez junto a pozos invisibles en la oscuridad, el regimiento no lograba comprender de ningún modo cómo había podido ponerse en marcha así, tan locamente. En los alrededores de Pécs todavía los alcanzaban sus padrinos de las aldeas abandonadas, llevándoles panes. Alguna mujer seguía a su hermano durante catorce días de marcha antes de regresar. Hambrientos por la noche y ateridos por la mañana, junto a los pajares incendiados, solo entonces empezaron a comprender lo que habían hecho. Al abandonar sus aldeas, abandonaban también todo cuanto les era comprensible y visible, para internarse en aquel mundo incomprensible e insondable. Los campesinos que veían al pasar, en los campos, araban a caballo. Solo las ovejas les recordaban todavía a sus ovejas de casa, y algún caballo, castaño oscuro, a alguno de los suyos. Por lo demás, acabaron creyendo, finalmente, en todo el regimiento, que no marchaban contra los turcos, como antes, y la tierra hacia la que se dirigían se les volvió, de verdad, misteriosa y desconocida. Entonces cayó sobre ellos una profunda postración. Lo que habían dejado en casa comenzó, en su memoria, igual que en el alma de Isaković, a diluirse y desaparecer como humo. Al ver ante ellos cada vez más colinas, la llanura pantanosa de la que habían partido les parecía un sueño, con todos sus pozos y sus corrales. Igual que las nieblas que flotaban bajas sobre los claros y desaparecían detrás de ellos, las imágenes de sus mujeres y sus hijos se desgarraban en sus pensamientos. Cuando cambiaron los árboles, primero en las laderas del horizonte y después también a su alrededor, cuando cambió asimismo la tierra bajo sus pies y el aire, que se volvía diáfano y frío, quedaron completamente abatidos. Grandes transformaciones ocurrían en los cielos ante ellos; a lo largo del río se prolongaban espesos bosques, donde los jabalíes salvajes quebraban los matorrales y hozaban en el agua de lluvia; los azores giraban sobre sus cabezas y los acompañaban hasta el pie de las colinas, por las que empezaron a ascender, exhaustos. Como en el alma de Isaković, también en sus almas apareció un vacío. Olvidaron las casas y los hogares; dejaron de pensar en las mujeres y los hijos, y sentían cada vez con mayor intensidad su sufrimiento y su sudor. Les resultaba odioso vivir y odioso recordar a los suyos que habían quedado en casa. No creían que fueran a regresar jamás. Sus cerebros se embotaron y ya ni siquiera sabían imaginar el rostro de sus seres queridos, con los ojos cerrados, bajo los párpados apretados y ardientes, el rostro atormentado más por aquellos dolores y sufrimientos interiores que por la marcha y el cansancio. Los solteros se burlaban de ellos, y los que ya habían participado antes en guerras comenzaron a hablar sin cesar en el silencio del regimiento, arrebatando durante la noche, por el camino, todo cuanto caía en sus manos. Después de descansar en la ciudad de Radkersburg, Isaković empezó a someterlos a ejercicios durante la marcha. Les enseñaba a correr con las pistolas en las manos y los cuchillos entre los dientes. Así disparaban mientras corrían en grupo contra los troncos de los árboles y golpeaban con los cuchillos las ramas, aullando al mismo tiempo, todos a una, el nombre de María Teresa, alargándolo al compás. En cuanto alcanzaba con ellos alguna elevación, los detenía y los distribuía para que corrieran, disparando, cuesta abajo; y en cuanto llegaba con ellos al valle, los detenía y los distribuía para que corrieran, disparando, hacia la ladera, hacia donde la bandera avanzaba rápidamente delante de ellos. Junto a los puentes los dividía en dos bandos y él mismo conducía a unos contra otros, hasta mezclarlos y confundirlos en el puente, girando furiosamente a caballo entre los relucientes alfanjes, en el humo de la pólvora, entre sus masas desconcertadas, que aullaban, irritadas y sedientas de sangre. Durante los campamentos los torturaba haciéndoles cavar zanjas, junto a las cuales debían permanecer tendidos mientras bajo tierra se encendían barriles llenos de pólvora. Exhaustos por aquellos ejercicios, continuaban ascendiendo sin descanso por las colinas boscosas. Había días en que cruzaban cinco veces al día el río Mura, que serpenteaba ante ellos mientras vadeaban el agua. Estaban como enloquecidos por tantos cambios. Caminaban por la ladera, y abajo, en su sombra, quedaban los campos labrados, las aldeas, las iglesias, los viñedos, que desde aquella altura veían como pájaros, y no como hombres. Pasaban bajo enormes rocas suspendidas sobre sus cabezas. Limpios e innumerables arroyos murmuraban desde aquellas rocas, y el aire les penetraba en el pecho como un cuchillo. Muchos empezaron a enfermar." epdlp.com |