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Una noche de 1947 (fragmento) "Pero en la noche no hay más que estrellas como tules en el firmamento. El resto es negrura rota por los faros de su utilitario. «Firmamento», un término que no cabía en su vocabulario urbano. En la ciudad las farolas cancelan cuanto queda por encima de ellas. En la casa que ha alquilado encontró una silla plegable, y en noches templadas la saca al patio, mira al cielo e intenta deducir las constelaciones. Entonces lamenta no haberse apuntado de niña a los scouts como su hermano. Sabría muchas más cosas del firmamento, de los bosques, de los animales. No era muy aventurera. Tampoco lo es ahora, quizá por eso ha aprendido poco sobre la naturaleza en estos dos años. Le da apuro preguntar. No quiere que sepan que no sabe. No es que le inquiete el qué dirán, es que se pone colorada con solo imaginarse preguntando al pastor o a la masovera. Prefiere estudiar. Lo primero implica arriesgarse y tocar al otro, lo segundo lo puede hacer por su cuenta. Además, sería delatar que no pertenece, como ellos, al campo. Y si algo lamenta Nieves es no pertenecer. Le gustaría sentir cercanía, pero es reservada. No, digámoslo con claridad: es tímida, no sabe acercarse. Puede permanecer muchas horas callada, sin necesitar a nadie a quien contarle ni que le cuente. Si echa en falta la voz humana, enciende la radio. Con eso le basta. Tampoco comenta nada cuando se dirigen a ella en esa lengua que ellos denominan «chapurreado». Se esfuerza por hacerse con su vocabulario y sus giros. No revela que le gusta cómo suena y que desearía aprenderla. Aspira a ser una más, a mezclarse con ellos, aunque sepa que esto es improbable; que, aunque pasara cuarenta años en el pueblo, seguiría siendo una forastera. Por eso no quiso ocupar la señorial casona del médico, para no distinguirse aún más. Y porque Manuel se empeñó en tener un poco de terreno para hacer barbacoas y poner huerto. Nieves le creyó, se ilusionó con el entusiasmo de su novio. Fue a la cooperativa y compró herramientas. Por Navidad le regaló una barbacoa que ahí sigue, en el garaje-cuadra-bodega-trastero. Nieves a veces baja a buscar alguna cosa y ve ese armatoste metálico sin estrenar. Su brillo la hiere, un futuro que no llegó a nacer. Manuel se marchó como vino: sin saber sembrar, ni podar, ni recoger. Delante de pacientes y vecinos disimula sus carencias, cree que así se protege de habladurías. Sospecha que no serían benevolentes con su desconocimiento, con la fragilidad que siente a veces mientras cena sola frente a la tele. Y es que en general no son benevolentes, al menos no de entrada. Aunque lleve dos años atendiéndolos, aunque la necesiten, aunque su labor sea indispensable y sienta que aprecian su trabajo, marcan distancias. La confianza no la otorgan hasta que se ha demostrado que se merece. Ella se pregunta si tendrá que ver con tantos siglos de miseria y desigualdad, con una sociedad severa dividida entre amos y trabajadores de la tierra, poca escuela y demasiados curas." epdlp.com |