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La octava vida (fragmento) "Los cinco días que pasé con mi madre en el hospital, durante los cuales mi abuela iba a diario a visitar a su hija con caldo de pollo y verduras en conserva, mi abuelo se quedó en casa, a la cabecera del lecho de Daria, que no podía entender por qué no le permitían levantarse, y la entretuvo con toda clase de historias, juegos, series de dibujos animados (había puesto en su cuarto un aparato extra de televisión), y ni Daria supo de mi existencia ni mi madre de la conmoción cerebral de su primogénita. Daria era la niña idolatrada y admirada en el reino de nuestro poderoso abuelo, destinada a ser elevada a los cielos y observada con veneración. Hasta que… Pero me estoy adelantando, para eso aún tendrían que pasar muchos años en los que ella habría de encarnar con éxito el papel de la joya ensalzada por todos. Sin embargo, a pesar de esas circunstancias, del reparto de papeles radicalmente opuesto que nuestro abuelo y cabeza de familia nos asignó desde un principio, desde el día en que me llevaron del hospital a casa tuve asegurada una ventaja para siempre: conté con el amor loco e incondicional de mi bisabuela Stasia. Era para mí, solo para mí. Mi bisabuela me dio el amor que durante décadas había negado a todos los demás, que tan solo daba a duras penas, contenido, oculto y casi titubeante, y sobre todo no a su propio hijo. Pero a mí me lo otorgó, esta vez de manera ostentosa, ruidosa, casi obsesiva, pueril, desbordante. Como si llevara todos aquellos años esperando mi llegada, como si lo hubiera reservado para mí. El día en que, frágil, arrugada y en absoluto bonita, me llevaron a casa, fue el día en el que Anastasia —ese era su nombre completo— abandonó su castillo insonorizado y salió a la luz del día, a dar la bienvenida a mi fea poquedad. Ya no era tan remota y poco entusiasta como había sido durante muchos años, porque algo cambió de golpe cuando me tomó en sus brazos y cerró los ojos." epdlp.com |