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El levantamiento (fragmento) "Había una historia sobre los septembristas arrojados a las aguas del Yantra desde las altas ventanas de los cuarteles de Tarnovo. La murmuraban los viejos, la escuchaban los jóvenes, la aprendían de memoria los niños. Pero ¿acaso era una sola la historia terrible?, ¿acaso era un solo secreto el que escondían el bosque y aquel arroyo en el que se reflejaban nuestras cabezas despeinadas? Son muchas las historias terribles, innumerables las leyendas sobre los héroes. Nacen en el susurro de las hojas, en el murmullo de los arroyos, en el vuelo silencioso de los pájaros y de las nubes reflejadas en el agua y en los ojos infantiles. Como era de esperar, la primera historia terrible que oí fue de labios de mi abuela: la de los hijos del abuelo Dencho, el zapatero de Dryanovo. Tenía dos hijos —Bobi y Stefan—, uno zapatero como su padre y el otro librero: vendía libros, ilustraba al pueblo. Los dos eran comunistas. Por haber participado en el Levantamiento de Septiembre fueron asesinados y arrojados al Yantra. El viejo se quedó completamente solo: ni mujer ni hijos. Toda su riqueza consistía en un martillo, una aguja y una navajita, con los que remendaba los zapatos de sus vecinos. Después de la muerte de Bobi y Stefan, el viejo enfermó y durante algún tiempo abandonó también el oficio de zapatero. Lo recuerdo como si fuera hoy: iba por los pueblos, con la cabeza descubierta y la ropa hecha jirones, montado en una yegua blanca y escuálida, visitando a viejos amigos y parientes olvidados. Las buenas gentes, aunque temían a las autoridades, acogían al pobre zapatero, le daban de comer, le llenaban la bolsa de pan y queso, lo consolaban. Poco a poco se repuso. Volvió a trabajar, pero el trabajo ya no se le daba bien: le temblaban las manos y el cabello se le había vuelto completamente blanco. Así es como lo recuerdo yo: montado en la yegua blanca, con la cabeza descubierta, parlanchín, flaco y un poco ausente, como si hubiera caído de las nubes. Ese era su encanto. Por eso lo queríamos los niños. En cuanto lo veíamos aparecer por la ladera, montado en su yegua, corríamos a su encuentro, lo recibíamos solemnemente y nos desvivíamos por complacerlo. Cogíamos la yegua y la llevábamos al prado, allí la dejábamos pastar y cuidábamos de ella, mientras el abuelo Dencho iba de casa en casa visitando a parientes y conocidos, contándoles las últimas noticias, dándoles consejos. A nosotros, los niños, nos enseñaba a saltar por encima de la yegua sin tocarle el lomo, y nos llamaba «caballeristas». Tenía algún parentesco lejano con mi abuela. A pesar de ello, los dos eran correligionarios políticos. A mi abuela le alegraba mucho verlo aparecer por la colina, montado en la yegua y rodeado de niños. Salía al camino y sonreía. No sé por qué, pero siempre hablaba de él en género neutro. No decía «él», sino «eso». Decía: «Desde que mataron a sus hijos, eso ya no está en sus cabales». Y se compadecía de él como de un niño. Le daba de comer sopa de judías y guiso de pollo, le ofrecía aguardiente de ciruela, le llenaba la bolsa con «lo que Dios haya querido dar» y lo despedía para que regresara a Dryanovo. Por lo general, el viejo pasaba todo el día en nuestra casa. También venía a conversar con él el otro correligionario político de mi abuela: el antiguo escribano del pueblo, que además era viejo amigo del abuelo Dencho. Entonces comenzaban largas conversaciones interminables sobre política: caían ministros, volaban cabezas de zares. A veces oía la risa fina y entrecortada del zapatero y miraba sorprendido al grupo de conspiradores. Mi abuela también se reía. Solo el escribano permanecía serio, con los ojos brillándole como si llevara gafas rojas." epdlp.com |