|
Madre de reyes (fragmento) "¡Que se vayan todos al diablo! Sus cafés brillantemente iluminados, sus automóviles, los vestidos elegantes de sus mujeres… y él, y otros como él, ganándose el pan día tras día, sobreviviendo, nada más. ¿Y cómo había sucedido que después se había dejado arrastrar, desde el primer año de la ocupación? La lucha contra los alemanes, la patria. Pero en sus palabras siempre había algo falso, nada estaba expuesto con claridad. Ya no sería como antes de la guerra, habría otro mundo, felicidad para todos; pero todo era impreciso, y cada uno de ellos decía: primero hay que derrotar a los alemanes. No podía echarse atrás, estaba el orgullo, y así siguió adelante. Y era él quien hacía todo el trabajo: cada noche cubría la bombilla con papel, dejaba la pistola al alcance de la mano, se ponía el delantal y se sentaba ante los tipos de imprenta. Entró en aquella casa directamente desde la oscuridad, los aterrorizó, sacudió sus vidas. Lo miraban de reojo, temerosos de encontrarse con su mirada; tenía que haber cambiado desde aquellos tiempos. Él tampoco se acostumbró enseguida a la idea de que aquella era Łucja Król, la misma mujer con la que, años atrás, lo había unido un crepúsculo primaveral, poco antes de que lo encarcelaran. Entonces le aseguraba que sus hijos crearían un mundo mejor y le explicaba por qué corría el riesgo de ser detenido. Después, en la cárcel, recibió una carta de ella; recordaba que le había parecido un tanto cómica y triste la confianza con que le contaba cosas de sí misma y de sus hijos a él, que, después de sufrir el tifus en prisión, durante semanas apenas había conseguido rescatar de su memoria el rostro de su propia madre." epdlp.com |