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         El Poder de la Palabra es una web dedicada a la prosa poética. En ella encontrará fragmentos de textos literarios, así como la biografía e imágenes de sus autores. Para acompañarle en la lectura podrá ver también... obras de arte, imágenes de edificios, composiciones clásicas, bandas sonoras y una selección de los más importantes premios literarios, artísticos y culturales.
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4514 escritores
2188 composit.
1641 directores
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144 cantantes
110 intérpretes
108 escultores

8755 textos
6986 films
5157 edificios
4956 obras arte
3314 composic.
673 óperas
367 álbumes
152 galardones
 



Música de la semana
Giacomo Puccini
(Italia, 1858-1924)
Tosca (1900)

Banda sonora de la semana
Dom Hemingway, 2013
(Rolfe Kent)
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Compositor de la semana
Jon Brion
(EEUU, 1963)
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Escenas inolvidables de la historia del cine
El sentido de la vida, 1983
(Terry Jones)
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Texto de la semana
Alberto Manguel
(Argentina, 1948)
La biblioteca de noche (fragmento)
" Las bibliotecas, ya sea la mía o las que comparto con una mayor cantidad de lectores, siempre me han parecido lugares gratamente disparatados, y hasta donde alcanza mi memoria siempre me ha seducido su lógica laberíntica, la cual sugiere que la razón (si no el arte) gobierna una acumulación cacofónica de libros. Siento el placer de la aventura cuando me pierdo entre estantes atestados de volúmenes con la seguridad supersticiosa de que una jerarquía de letras o de números me conducirá algún día al destino prometido. Durante largo tiempo los libros han sido instrumentos de las artes adivinatorias. «Una gran biblioteca» —observa Northrop Frye en uno de sus muchos cuadernos de notas—, «posee realmente el don de lenguas y un gran potencial para la comunicación telepática.»
Bajo el influjo de tan agradables ilusiones me he pasado medio siglo coleccionando libros. Ellos, inmensamente generosos, no han exigido nada de mí, sino que me han ofrecido todo tipo de revelaciones. «Mi biblioteca —escribió Petrarca a un amigo— no es inculta aunque pertenezca a un inculto.» Como los de Petrarca, mis libros saben infinitamente más que yo y les agradezco que incluso toleren mi presencia. A veces creo abusar de ese privilegio.
El amor a las bibliotecas, como la mayor parte de los amores, hay que aprenderlo. El que entra por primera vez en una habitación hecha de libros no puede saber instintivamente cómo comportarse, qué se espera de él, qué se promete, qué se permite. Puede verse dominado por el horror —a la acumulación o a la magnitud, al silencio, a la admonición burlona de que es mucho lo que ignora, a la vigilancia—, y parte de esa sensación abrumadora puede seguir aferrada a él una vez aprendidos los rituales y las convenciones, una vez cartografiado el territorio, una vez comprobada la actitud amistosa de los nativos.
Con la temeridad de la juventud, mientras mis amigos soñaban con hechos heroicos en el campo de la ingeniería o el derecho, las finanzas o la política nacional, yo soñaba con llegar a ser bibliotecario. La inercia y una mal reprimida afición a los viajes decidieron otra cosa. Hoy, sin embargo, cumplidos los cincuenta y seis años («la edad» —como afirma Dostoyevski en El idiota—, «a la cual puede decirse con razón que comienza la verdadera vida»), he vuelto a ese temprano ideal y, aunque no puedo decir que sea propiamente bibliotecario, vivo entre estanterías cada vez más numerosas cuyos límites comienzan a desdibujarse o a coincidir con los de mi casa. "

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