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Música de la semana

Albert Ketelbey
(Gran Bretaña, 1875-1959)
En el jardín de un templo chino (1925)

Banda sonora de la semana

Le vent tourne, 2018
(Arnaud Rebotini)
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Compositor de la semana

Maurice Thiriet
(Francia, 1906-1972)
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Escenas inolvidables de la historia del cine

Recuerda, 1945
(Alfred Hitchcock)
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Texto de la semana

Norman Manea
(Rumanía, 1936)
El regreso del húligan (fragmento)
"Su primo Ariel, el bohemio rebelde, con el pelo teñido de rojo y ojos negrísimos leía a los que se reunían alrededor del mostrador un librito de tapas delgadas color rosa titulado Cum am devenit huligan [Cómo me convertí en húligan], como si fuese una guía de drogas e hipnosis. Su prima, la hija del librero, hojeaba febril las páginas. El comentario de Ariel retomaba siempre la misma palabra: «¡Vámonos!». Repetida con vehemencia y con la misma y decidida escansión, como si hubiese pronunciado «revolución», «salvación» o «renacimiento». «Ahora, inmediatamente, que todavía estamos a tiempo: «¡Vámonos!». De vez en cuando, Ariel giraba el libro y miraba burlón con los ojos bien abiertos el nombre de la tapa. «Sebastian, ¿oís? ¡El señor Hechter, llamado Sebastian!»
No era Culianu, sino otro muerto el que se hallaba en las premisas de mi viaje. Otro amigo de Mircea Eliade, de otro periodo: Mihail Sebastian, el escritor que yo había mencionado en el desayuno del Barney Greengrass y cuyo diario, escrito hacía más de medio siglo, acababa de aparecer publicado en Bucarest. Pero ese libro póstumo no podía colocarse en los estantes de aquellos tiempos. La librería ya no existía, ni el abuelo, y tampoco el sobrino Ariel. Mi madre, que tampoco existía, ¡ella sí se acordaría del escándalo Sebastian! Tenía una excelente memoria mi madre, la tiene todavía ahora, no lo dudo.
El irritante y sempiterno antisemitismo, para el que también la Jormania prefascista ofrecía una buena base de investigación, le parecía a Sebastian en «la periferia del sufrimiento». Consignaba con benevolencia las adversidades externas como algo rudimentario y menor, comparado con la ardiente «adversidad interna» que asedia el alma del judío. «Ningún pueblo ha confesado con mayor crueldad sus pecados, reales o imaginarios, nadie se ha escrutado con mayor dureza ni se ha castigado con mayor rigor. Los profetas bíblicos son las voces más tremendas que jamás han resonado en el mundo.» Son líneas de 1935, cuando las adversidades externas anunciaban la catástrofe que se avecinaba. "

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