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Texto de la semana

Andrés Sorel
(España, 1937-2019)
Último tango en Auschwitz (fragmento)
"Tal vez se pregunte por qué aferrarse a la idea de continuar existiendo si el arte se ha convertido también en humo, se ha incorporado a la deshumanización, al servicio de la burocracia que domina, en la paz y en la guerra, la existencia humana. Fue Kals quien al principio de mi internamiento, cuando a su comando me designó, me ofreció las primeras palabras amables recibidas desde mi detención. Se esforzó en hacerme comprender que él había tenido suerte, mucha suerte, decía al tiempo que se ensombrecía su rostro presa de infinita pesadumbre. Mi suerte se puso en marcha, agregó, el día en que alguien depositó un violín en mis brazos, los brazos de un niño judío. Luego aprendí a tocar el piano, estudié música en el Conservatorio de Varsovia y así pude llegar a dirigir una orquesta. Pero trabajé en otras cosas, siempre relacionadas, eso sí, con la música, hasta animando películas. Y pocas semanas más tarde me confesaría: si sobrevives a esto, y no albergues muchas esperanzas, podrás decir que la música te salvó la vida, pero ignoro si la vida te devolverá la música. La música es la mayor pasión de los alemanes, sean o no cultos, quizás tengamos que revisar a partir de ahora el significado otorgado a la palabra cultura. Todo Lagerführer quiere disponer de su propia orquesta, no sólo para halagar sus oídos, sino porque considera que la música contribuye a mantener la disciplina en el campo, a debilitar la comprensión de su estado depresivo y sus padecimientos físicos, que viene a proporcionarle algo así como un consuelo espiritual. Entre los que escapamos momentáneamente a la muerte sólo existen dos tipos de condenados: los que sufren y los que colaboran en hacer sufrir, los débiles y los fuertes. Los músicos nos encontramos en el limbo: no golpeamos a los demás ni salvo en circunstancias poco frecuentes somos golpeados; no morimos por causa del hambre, la brutalidad, el frío o el rigor del trabajo, que raro es que en el Lager un internado llegue a sobrepasar los seis meses de vida, salvo que sea un prominente o un trabajador que les es útil y necesario, y los músicos nos encontramos encuadrados en este cupo. Nos encontramos igualmente entre aquellos que no se obsesionan con la llamada de las alambradas, quienes en su desesperación repiten una y otra vez: pienso irme a las alambradas, aunque sólo cuando enloquecen lo hacen, son los más enfermos, débiles o sensibles, y considero que eligen su solución final más por problemas mentales que físicos. ¿Comprendes las razones que han de llevarte a bendecir este violín y a dar gracias a Dios por tu conocimiento y entrega a la música? No es por la propia música, ni por la utilización que haces y se hace de ella. No hablamos de arte: el arte también se ha extinguido. Hablamos de muerte y de vida. "

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