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  Federico Campbell

   (México, 1941-2014)
Campbell
  Escritor mexicano en el que su vida y obra están marcadas a fuego por el esquizofrénico lugar en el que nació, Tijuana. Escribió Tijuanenses mucho antes de que tuviera nombre y forma ese género llamado narcoliteratura. Es un retrato de la ciudad norteña allá por los años 30, cuando apenas era un pueblo. El escritor captó con maestría la vida en la frontera entre Estados Unidos y México, llena de personajes salvajes atrapados entre dos mundos. De los que no sabemos con certeza si están de ida o de regreso. Una especie de Tierra de Nunca Jamás. Una ciudad atrayente y repulsiva a la vez. Vivió en Barcelona a principios de los setenta y escribió Infame turba, donde recoge 26 entrevistas a ensayistas, poetas y escritores como Pere Gimferrer, Luis Goitysolo, Jaime Gil de Biedma, entre otros, de ese región española durante la última etapa del franquismo. Hijo de un taquigrafista, Campbell consideraba que México era una metáfora exagerada de lo que había sido Sicilia. Creó un puente intelectual y analítico entre los carteles mexicanos de la droga y la mafia. Campbell introdujo en su país, a finales de los ochenta, al autor italiano Leonardo Sciascia con una serie de ensayos, una entrevista y una crónica de viaje que recopiló en un libro, La memoria de Sciascia. Estudió Derecho y Filosofía en la UNAM, carreras que dejó inconclusas, y periodismo en el Macalester College de Minnesota, en Estados Unidos. Fundó la editorial Máquina de Escribir y fue traductor de Harold Pinter y del propio Sciascia. Como periodista colaboró en el semanario Zeta, el periódico Frontera, Proceso y Milenio, donde hasta sus últimos días consciente escribió la columna dominical La hora del lobo. Fue amigo de Juan Rulfo, el autor de Pedro Páramo, al que admiraba profundamente. Solían verse en una cafetería en Insurgentes, una de las principales avenidas de la ciudad. Ese café ya no existe. Después fueron vecinos y se volvieron más íntimos. Al escritor le gustaba recordar anécdotas de quien consideraba el mejor escritor mexicano de todos los tiempos. En sus últimos años, solía pasear por el barrio en el que vivía, La Condesa, con el poeta argentino Juan Gelman. Seguramente se cruzaban con el colombiano Fernando Vallejo paseando a su vieja perra Quina. La noche en la que murió, las calles empedradas de ese rinconcito de la ciudad parecieron un lugar mucho más solitario.  © Juan Diego Quesada

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