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   Saint-Pol-Roux

   (Francia, 1861-1940)
Saint-Pol-Roux
  Poeta simbolista nacido en Marsella. Su vida osciló siempre entre lo mágico y lo trágico, que la rondaron hasta unificarse entre sí y volverse destino, en una dialéctica cruel. Un destino que, sin embargo, tiene mucho de voluntariamente elegido. Su deseo de alejarse de las ciudades y su inclinación casi instintiva por un mundo de nieblas y leyendas, preñado de significados ocultos -el antiguo dominio de los celtas-, lo condujo primero a refugiarse con su familia en el bosque de las Ardennes y luego, ya para siempre, a afincarse hasta concluir erigiendo su propia y mitológica morada (donde la tragedia habría de cumplirse) cerca de Camaret, en la Bretaña raigal, cara a cara con el mar bravo de Armórica. Su paso -inevitable- por París, había sido breve pero fulgurante. A partir de 1882 su juventud inquieta y subyugante se relaciona allí no por supuesto con los consagrados, sino con los valores escondidos, los disidentes, los renovadores. Entre ellos escoge como sus maestros al memorable Villiers de l'Isle Adam y al sintomático Mallarmé. En 1985 publicó su Manifiesto del Magnificismo (1885) y en 1893 una leyenda dramática, Ame noire du prieur blanc, primicias de su sueño (que nunca pudo concretarse) de instituir un "teatro poético". Pasa unos meses en Bélgica y se instala luego en las Ardennes, donde la amistad de las gentes sencillas no le hace añorar en absoluto los salones literarios. Sin embargo, su paso por la Ciudad Luz le permitió compartir junto con Maurice Maeterlinck y tantos otros el nacimiento del simbolismo. El rechazo de sus colegas y de los críticos lo lleva a alejarse inexorablemente de París, hacia su refugio definitivo en la Bretaña, pero no sin antes despedirse estruendosamente con un feroz panfleto, L'air de trombone à Coulisse, publicado en 1897, y que constituye una de las más violentas ridiculizaciones de la crítica que se hayan conocido. En 1898 se instala con su familia en Lanverzanal, en una choza de Roscanvel. Así, a sus treinta y siete años, se aleja de la vida urbana, dando comienzo a la leyenda del Solitario de Barba Blanca, el último santo bretón. Como para acentuarla, y ya trasladado al puerto pesquero de Camaret, habiendo mejorado su tradicionalmente difícil situación económica a consecuencia de recibir la herencia de su padre, se hace edificar en un promontorio rocoso, la punta de Pen'hat, cerca del sitio de Quelern, directamente frente al mar, una casi teatral construcción de ocho torres, a la que designaría como el Manoir de Coecilian, nombre de uno de sus dos hijos varones que le arrebataría la guerra. La soledad de que Saint-Pol-Roux se rodeó en su exilio nórdico, no fue nunca total. No sólo porque, como le surgía en forma espontánea, él confraternizó siempre abiertamente con la gente del lugar, pescadores, marineros o labradores, sino también porque permanentemente hubo escritores o artistas que se acercaron a él, Victor Segalen, Camille Mauclair, Alfred Vallette o el desdichado e inefable Max Jacob, por citar sólo algunos, y hubo otros, muchos otros, que no dejaron de considerarlo un faro, un modelo, una guía. Entre ellos, no es casual que el grupo de los brillantes jóvenes que iba a dar lugar a la revolución surrealista, lo percibiera de inmediato. André Breton lo proclamó estentóreamente como el único auténtico precursor del movimiento llamado moderno. Esta vida cuyo aislamiento y fidelidad lo habían convertido en una legítima leyenda, iba a cerrarse con una tragedia. Ese recinto sagrado donde se había recluido fue hollado también por la barbarie nazi.

En junio de 1940 un panadero de Silesia devenido miembro de la Wermacht se introduce en la morada de Saint-Pol-Roux, amenaza a todos con sus armas hasta conducirlos al sótano y, al pretender llevarse a Divine, la queridísima hija del gran poeta, provoca su comprensible resistencia, que desencadena el drama. El soldado alemán no sólo hiere en la pierna izquierda a la muchacha, sino que mata de un tiro en la boca a su doncella Rose y, después de trabarse en lucha con el venerable anciano, lo deja como muerto con dos balazos en el cuerpo. Como sonámbulo, sin poder aceptar del todo la cruda realidad, Saint-Pol-Roux sobrevivió todavía algunos meses casi automáticamente, pero, un día de octubre, se vio obligado a asistir atónito al pillaje de su casa, y a la quema o destrucción de sus preciosos manuscritos, que representaban más de treinta años de labor. No pudiendo soportar esta última prueba, Saint-Pol-Roux muere el 18 de octubre de 1940. Como si todo esto fuera poco, su Manoir de Coecilian, que había sido ocupado por los alemanes, fue bombardeado en agosto de 1944 por la aviación aliada, y completamente incendiado. Pero otro círculo, no menos simbólico, se había cerrado también antes, en 1932, a los setenta y un años de edad, Saint-Pol-Roux recibe finalmente la Legión de Honor, que había sido pedida para él, ya en 1910, por uno de sus primeros admiradores: nada menos que Guillaume Apollinaire, sin duda el legítimo padre del espíritu moderno. A Saint-Pol-Roux le cabe el alto honor de haber investido lo mejor de las tradiciones poéticas francesas, de haber prácticamente encabezado uno de los momentos más intensos y más íntimamente enriquecedores de su transición, como es el simbolismo y, por añadidura, pero no por casualidad, también el de haber alimentado a las grandes vanguardias que iluminarían, desde sus primeras décadas, lo mejor del arte y de la cultura del siglo XX.  © Rodolfo Alonso

Textos:


Tarde de ovejas (A Louis Denise)
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